Un estudio español investiga si determinadas sustancias presentes en la sangre podrían ayudar a conocer mejor cómo evolucionan los pacientes durante la rehabilitación tras sufrir un ictus. La investigación, liderada desde el Hospital Vall d’Hebron (Barcelona), ha encontrado asociaciones entre tres posibles biomarcadores sanguíneos y aspectos de la recuperación funcional, como caminar, recuperar fuerza muscular o realizar actividades cotidianas. Los resultados abren una vía para estudiar si, en el futuro, un análisis de sangre podría complementar las evaluaciones clínicas habituales, aunque todavía no permiten predecir la recuperación individual.
El trabajo, publicado en Scientific Reports, se enmarca en el estudio SMARRTS, liderado por el Grupo de Investigación en Enfermedades Neurovasculares del Vall d’Hebron Instituto de Investigación (VHIR) y la Unidad de Neurorrehabilitación y Daño Cerebral del Hospital Universitario Vall d’Hebron, en colaboración con otros centros españoles. Esta línea ha sido presentada en el reciente Congreso Nacional de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física (SERMEF), celebrado en Barcelona.
La Dra. Anna Rosell, investigadora sénior y responsable del grupo de Enfermedades Neurovasculares del VHIR, y la doctora Susana Rodríguez González, miembro de la SERMEF, especialista en Medicina Física y Rehabilitación de Vall d’Hebron, explican que el objetivo “es estudiar si determinadas moléculas sanguíneas reflejan procesos de reparación cerebral y neuroplasticidad, así como su relación con la evolución de los pacientes durante la rehabilitación”.
“Actualmente, los médicos rehabilitadores valoran la recuperación mediante escalas clínicas y pruebas funcionales que miden la movilidad, la fuerza, la marcha y la autonomía”, explican las investigadoras, quiénes destacan que «el objetivo a largo plazo es explorar si una sencilla muestra de sangre podría aportar información complementaria a la evaluación clínica convencional«.
Tres posibles biomarcadores relacionados con la recuperación
La investigación es prospectiva (seguimiento en el tiempo), observacional (sin intervenir en los tratamientos) y multicéntrica (realizada en varios centros). Se analizaron 62 pacientes que habían sufrido un primer ictus y 43 personas de control. Los pacientes fueron evaluados antes de comenzar la rehabilitación y posteriormente al mes, a los tres meses y a los seis meses, combinando muestras de sangre con pruebas funcionales.
Los investigadores estudiaron cuatro moléculas relacionadas con la reparación cerebral y la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del sistema nervioso para reorganizar sus conexiones: endostatina, GDF-10, uPA y uPAR. Los resultados señalan especialmente a tres de ellas (endostatina, GDF-10 y uPAR) como posibles biomarcadores para estudiar la recuperación.
Según detallan Rosell y Rodríguez González, “los pacientes con niveles más elevados de GDF-10 y uPAR antes de iniciar la rehabilitación presentaron posteriormente peores resultados en determinados parámetros, como la velocidad de marcha, la fuerza muscular o la función motora del brazo”.
Asimismo, explican que “una mayor disminución de endostatina durante el primer mes se relacionó con una mayor mejoría posterior en determinadas capacidades motoras y de fuerza. Por su parte, un aumento de GDF-10 se asoció con una mejor evolución de la función del brazo, la autonomía cotidiana y la capacidad de caminar. Las investigadoras advierten de que «las asociaciones observadas no demuestran que estos biomarcadores causen una determinada evolución ni permiten todavía utilizarlos para predecir individualmente la recuperación de un paciente».
Hacia una rehabilitación más personalizada
Rosell y Rodríguez González explican que, “si estos resultados se validan, los biomarcadores podrían ayudar a comprender diferentes patrones de recuperación y estudiar qué pacientes podrían beneficiarse de determinadas intensidades o estrategias rehabilitadoras. También podrían contribuir a investigar las diferencias en la respuesta a las terapias”. Esta línea cuenta, además, con investigaciones anteriores sobre la angiogenina, otra molécula sanguínea cuyos cambios se asociaron con la evolución funcional y mostraron diferencias según la intensidad del tratamiento.
No obstante, las especialistas recuerdan que “la muestra es relativamente pequeña y que el diseño observacional no permite distinguir definitivamente los cambios asociados a la recuperación natural del ictus de aquellos relacionados específicamente con la rehabilitación”. Por ello, consideran “necesario ampliar las muestras, validar los resultados en grupos independientes e incorporar otros factores clínicos y biológicos”. También destacan “la necesidad de financiación para desarrollar estudios multicéntricos de mayor tamaño”.
“El objetivo final”, como destacan las investigadoras, «no es sustituir la valoración clínica del paciente, sino añadir en el futuro una posible dimensión biológica a la evaluación de la recuperación». “Para ello, será necesario demostrar que la información aportada por estos biomarcadores mejora realmente la toma de decisiones clínicas antes de plantear su incorporación a los programas de rehabilitación”, concluyen.