La literatura científica internacional describe de forma bastante consistente una mayor prevalencia de algunos trastornos mentales y de problemas relacionados con adicciones de sustancias en personas lesbianas, gais, bisexuales y trans que en la población general. La Encuesta Nacional de Consumo de Drogas y Salud de Estados Unidos de 2023, por ejemplo, situó la prevalencia de trastorno por uso de sustancias en el último año en torno al 17% en personas de minorías sexuales, frente a algo más del 7% en personas heterosexuales. Por su parte, las revisiones sistemáticas y metaanálisis más recientes describen igualmente tasas más altas de depresión, ansiedad y conducta suicida entre las personas trans y de género diverso.
«Conviene leer estos datos con rigor y prudencia, pero la explicación mejor respaldada por la evidencia a estas diferencias es el llamado modelo del estrés de minorías. Es decir, no es la identidad lo que genera el riesgo, sino la exposición sostenida a un entorno adverso: discriminación, rechazo —a veces en el propio entorno familiar—, violencia, estigma, miedo anticipado a ser rechazado, necesidad de ocultarse, u homofobia y transfobia interiorizadas…», explica el doctor Felipe Yobino, miembro de la junta directiva de la Sociedad Española de Patología Dual (SEPD).
Según el médico de atención en adicciones, ese estrés crónico desgasta a las personas y puede aumentar la vulnerabilidad a problemas de salud mental y, en algunos casos, crear adicciones a sustancias «como forma de afrontamiento o de autorregulación del malestar». A ello, según el experto, se suman otros factores estructurales como la soledad no deseada, la falta de apoyo social o las barreras de acceso a una atención sanitaria «que no siempre ha sido sensible a esta realidad».
En ese sentido, Yobino reconoce que sigue existiendo «una brecha» tanto en la detección como en el acceso a un tratamiento adecuado del colectivo LGTBI+. Las razones para la existencia y el mantenimiento de esa brecha, añade el médico de adicciones, son varias. Entre ellas, las experiencias previas de discriminación o de incomprensión en el sistema sanitario, el temor a no ser tratado con respeto o la falta de formación específica de algunos profesionales, lo que dificulta preguntar y diagnosticar correctamente.
«A esto se añade lo que en patología dual se conoce como el doble estigma —el que pesa sobre quien tiene a la vez un trastorno mental y una adicción—, que en las personas LGTBI+ puede llegar a convertirse en un triple estigma. El resultado es que muchas personas llegan tarde, no llegan, o abandonan el tratamiento», añade el portavoz de la SEPD.
Las consecuencias de todo esto, explica Felipe Yobino, «pueden llegar a ser muy serias», ya que un diagnóstico tardío o ausente implica más sufrimiento evitable, cuadros que se cronifican, más recaídas y peor pronóstico. En el caso de la patología dual, además, atender solo una de las dos partes —la adicción o el trastorno mental— suele ser insuficiente y favorece el fracaso terapéutico.
«No podemos olvidar que detrás de algunos de estos cuadros hay un riesgo de conducta suicida que no debemos minimizar. En términos de salud pública, la brecha se traduce en oportunidades perdidas de prevención y detección precoz, y en una desigualdad que va en contra de un principio básico: que todas las personas reciban la atención que necesitan», argumenta.
La importancia de la psiquiatría de precisión en casos de adicciones
El tratamiento de la patología dual (la coexistencia en una misma persona de una adicción y otro trastorno mental), recuerda Yobino, debe ser integrado. Es decir, que debe abordar a la vez el trastorno mental y las adicciones, «de forma coordinada, individualizada y sostenida en el tiempo».
A ello, en el caso de la atención a las personas LGTBI+, se debería unir una atención «afirmativa, accesible, basada en la evidencia y culturalmente competente; es decir, respetuosa con la diversidad y capaz de tenerla en cuenta sin prejuicios ni suposiciones. En la práctica, esto significa profesionales formados, espacios seguros y de confianza, confidencialidad y la capacidad de incorporar la perspectiva interseccional —edad, identidad trans o no binaria, situación social, salud sexual— al plan terapéutico».
La clave, en todo caso, para el vocal por Madrid de la SEPD, reside en no tratar «distinto» a alguien por ser LGTBI+, sino en tratar a cada persona «de manera competente, centrada en ella y libre de barreras». En ese sentido, el doctor Felipe Yobino defiende la importancia de la psiquiatría de precisión, un paradigma que aboga por tratar a las personas y no a las sustancias. Es decir, por situar al individuo en el centro, y avanzar desde un modelo categorial –que se limita a describir y etiquetar diagnósticos– hacia una visión dimensional de la patología dual, que busca comprender por qué cada persona enferma de una manera única.
«La vulnerabilidad es siempre individual. Aplicado a las personas LGTBI+, este enfoque es la mejor garantía frente al estigma: nos obliga a mirar a la persona concreta, su historia y su contexto», concluye.