La Estimulación Transcraneal por Impulsos (TPS) es una técnica de neuromodulación cerebral no invasiva que utiliza pulsos acústicos de baja intensidad, aplicados de forma repetida y focalizada para estimular determinadas regiones del cerebro. Su principal aplicación clínica en la actualidad es como tratamiento complementario en pacientes con enfermedad de Alzheimer, ya que, aunque todavía no se conoce completamente su mecanismo de acción, se ha demostrado que los pulsos acústicos producen un estímulo mecánico sobre el tejido cerebral que puede modificar la actividad de las neuronas y producir cambios en la vascularización y en las redes cerebrales, favoreciendo procesos relacionados con la plasticidad cerebral y la conectividad funcional.
“La evidencia científica sobre TPS en Alzheimer está creciendo y los resultados son prometedores, pero todavía deben considerarse como evidencia en desarrollo”, ha apuntado la doctora Alba León, neurofisióloga del Hospital del Mar de Barcelona, que ha destacado que los primeros estudios y revisiones sistemáticas en pacientes han mostrado “posibles mejorías en diferentes medidas cognitivas y síntomas afectivos, así como restauración de redes cerebrales alteradas”.
Durante la celebración de las IV Jornadas de Actualizaciones en Neuromodulación, organizadas por la Sociedad Española de Psiquiatría Clínica (SEPC), que reúnen estos días en el Global Omnium Auditorio de Sevilla a más de 300 asistentes, la neuropsicóloga Paloma Álvarez de Toledo ha presentado los resultados obtenidos desde el Instituto Andaluz de Salud Cerebral con una veintena de pacientes con Alzhéimer tratados en condiciones de práctica clínica real. Los pacientes recibieron un protocolo inicial de seis sesiones de TPS, aplicando un total de 6000 pulsos en cada sesión, durante dos semanas, y los autores comparamos su rendimiento neuropsicológico antes y después del tratamiento.
“El resultado que más nos llamó la atención fue que encontramos una mejoría significativa del rendimiento cognitivo global, con un tamaño del efecto moderado-alto, y que aproximadamente el 83 % de los pacientes mostró un cambio cognitivo positivo en relación a la valoración previa”, ha explicado Álvarez de Toledo, que ha destacado que las funciones que más parecían beneficiarse de la técnica, con un cambio especialmente consistente, fueron las visuoespaciales y visuoconstructivas y algunas medidas relacionadas con la memoria, mientras que, en otras áreas como el lenguaje, el funcionamiento se mantuvo más estable.
“Son resultados esperanzadores, pero nuestra muestra todavía es pequeña y se trata de un estudio naturalístico, sin grupo control. Por eso hablamos de una asociación entre el tratamiento y la mejoría, pero con este diseño todavía no podemos establecer una relación causal”, ha reflexionado la neuropsicóloga, que ha querido resaltar, no obstante, que sus resultados “van en la misma dirección” que lo que se viene observando en la literatura científica.
No en vano, como ha añadido Alba León, un ensayo aleatorizado, doble ciego y controlado con placebo, realizado en 60 pacientes y publicado recientemente, ha mostrado una mejoría significativa en las funciones cognitivas, memoria y síntomas depresivos en los pacientes, así como cambios en la conectividad funcional en áreas relacionadas con la memoria. “Por otra parte, los datos longitudinales publicados este último año muestran que, en un grupo reducido de pacientes que completaron un año de seguimiento, las mejorías observadas después del ciclo inicial de tratamiento se mantuvieron durante el seguimiento con sesiones mensuales de mantenimiento”, ha explicado.

Paloma Alvárez de Toledo
Objetivo técnica neuromodulación: mantener más capacidades durante más tiempo
Como han destacado las dos expertas durante sus intervenciones en las IV Jornadas de Actualizaciones en Neuromodulación, la TPS se plantea como un tratamiento complementario. Es decir, que no sustituye al tratamiento farmacológico ni a las intervenciones no farmacológicas habituales. Tampoco se trata de una terapia curativa, ni que haya demostrado frenar o modificar de forma definitiva la evolución de la enfermedad.
“Su posible aportación es diferente. Lo que se pretende es modular el funcionamiento de los circuitos cerebrales afectados por la enfermedad, con el objetivo de mejorar o mantener durante más tiempo determinadas funciones cognitivas y aspectos relacionados con el estado emocional y la calidad de vida”, ha apuntado Alba León.
Su opinión la ha secundado Paloma Álvarez de Toledo: “el quid de la cuestión para nosotros es que, en una enfermedad como el Alzheimer, mantener función ya tiene mucho valor. No se trata necesariamente de recuperar capacidades que ya se han perdido o de pretender que se mantengan estables permanentemente, sino de intentar conservar durante más tiempo las que todavía están presentes y favorecer que el paciente mantenga su autonomía y calidad de vida el máximo tiempo posible”.
Facilitar la incorporación de la técnica a la práctica clínica de los hospitales públicos
Según Paloma Álvarez de Toledo, el perfil de paciente en el que, a día de hoy, tiene “más sentido” plantear el uso de la TPS es el de una persona con enfermedad de Alzheimer en fase leve o moderada, “siempre como tratamiento complementario y no como sustituto del tratamiento médico habitual”. El hecho de que, como ha señalado Alba León, se trate de una técnica no invasiva, ambulatoria, que no requiere anestesia ni cirugía, que presenta un excelente perfil de tolerabilidad y seguridad y que tiene la capacidad de ofrecer una estimulación personalizada y adaptada a las necesidades de cada paciente, la convierten en una herramienta muy interesante.
El dispositivo Neurolith cuenta con marcado CE desde 2018 para el tratamiento de pacientes con enfermedad de Alzheimer, como tratamiento complementario al manejo habitual. Sin embargo, a día de hoy, la TPS todavía no está implantada de forma generalizada como tratamiento asistencial del Alzheimer en los hospitales públicos españoles, y su disponibilidad sigue siendo bastante limitada.
“En España existen ya algunos centros que trabajan con TPS y también proyectos de investigación en el ámbito hospitalario, pero su utilización en la enfermedad de Alzheimer sigue siendo todavía limitada y no forma parte de la práctica asistencial habitual del Sistema Nacional de Salud”, ha lamentado Paloma Álvarez de Toledo, que ha destacado la importancia de seguir generando evidencia para definir el papel de la TPS dentro de la práctica asistencial y facilitar su incorporación a la sanidad pública.
Una opinión que ha compartido, a modo de conclusión, Alba León: “uno de los retos actuales es, además de seguir generando evidencia científica sobre su eficacia, definir qué pacientes son los candidatos adecuados, cuál debe ser el protocolo óptimo de tratamiento y cómo debe integrarse la TPS dentro de la asistencia habitual al paciente con Alzheimer”.